Jacotot o el desafío de una escuela de iguales

El libro de Rancière es un texto provocador para los pedagogos. A través de la historia del maestro Jacotot, que enunciaba que puede enseñarse sin saber, se despliega un tratado sobre la igualdad, tejido a través de la crítica a las relaciones pedagógicas que construyó la modernidad.

La crítica tienes dos líneas: por un lado, la educación escolar y profesoral es vista como un embrutecimiento, en contra del mito pedagógico que siempre se creyó igualitario y emancipador; y por otro, se cuestiona la figura del intelectual crítico como reproductor de la misma desigualdad que critica.

El ensayo que el filósofo Jacques Rancière escribió sobre la aventura educativa de Joseph Jacotot a principios del siglo XIX, cuestiona todos los presupuestos sobre los que se basa la razón pedagógica moderna. Jacotot dice, para horror de los pedagogos: no hace falta saber para enseñar. Pero hay más, porque la herejía de Jacotot sigue. No quiere educar a sus alumnos para que sean académicos que buscan la verdad; lo que vale es que sean sujetos libres, con una inteligencia emancipada, que no se sienta inferior a ninguna. No hay un saber mejor que otro: sólo es necesaria la voluntad de emancipar a los sujetos para enseñarles a ser libres.

Jacotot denuncia: el profesor, defensor del orden de saberes y poderes actual, es un embrutecedor de inteligencias, porque sólo busca garantizar su superioridad subordinando la inteligencia y capacidades de los otros. El maestro ignorante, al contrario, al no tener el “saber sabio” del profesor, al suponer a sus alumnos como iguales, puede enseñarles a los otros a usar sus propios saberes, esto es, a desarrollar sus capacidades de comparación, de contrastación, de argumentación. Puede enseñar al alumno, niño o adulto, rico o pobre, hombre o mujer, que él o ella puede aprender si trabaja y se dedica, si pone su voluntad en juego. Porque, para Jacotot, todos tenemos la misma capacidad de inteligencia; es la voluntad la que la subordina, la que la distrae, la que la sujeta.

Pero ¿quién es este Jacotot que Rancière redescubre ahora? Profesor de retórica en 1789, Jacotot se suma a la rebelión y se convierte en artillero, militar, secretario del ministro de guerra, profesor de matemática, ideología, lenguas muertas y derecho, director de la Escuela Politécnica. Hacia el final de la era napoleónica, es elegido diputado de la convención, y debe exiliarse con la restauración borbónica de 1815. Y es en su estancia en los Países Bajos que Jacotot “descubre”, por accidente, un método de enseñanza que permite, dice él, la emancipación intelectual, cuando empieza a enseñar francés sin saber nada de cómo enseñarlo y, peor aún, sin saber una palabra de flamenco para hablar con sus estudiantes.

Usa al Telémaco de Fénelon, porque consigue una edición bilingüe que permite comparar palabra por palabra ambos idiomas; y les dice a sus alumnos que lo estudien, que comparen, que verifique, que compongan lo que entienden. Sus alumnos lo sorprenden escribiendo en francés. Jacotot llama a su método la enseñanza universal, edita libros, funda una revista, el Journal de l’émancipation intellectuelle.

Sabe que la emancipación es tarea de un hombre con otro hombre, y que las instituciones sociales no toleran bien a los hombres libres.

Jacotot asiste a esta nueva configuración de los saberes, y tiene bien en claro las jerarquías que instauran, las exclusiones que las funda, las injusticias que causan. Vale la pena dejarse inquietar por este texto provocador. La fábula de Jacotot, contada por Rancière, es un impresionante tratado sobre la igualdad, tejido a través de la crítica a las relaciones pedagógicas que construyó la modernidad. Pero es precisamente la radicalidad de su crítica lo que permite al texto de Rancière volver a colocar en el centro de las preocupaciones la cuestión de igualdad. Una igualdad que está borroneada por las retórica de la equidad y la educación que pululan en los discursos educativos y que se conforman, en el mejor de los casos, con gerenciar la crisis y silenciar los conflictos. Aunque no tuviera más méritos que éste, el ensayo de Rancière ya haría un aporte fundamental al recolocar a la igualdad en el centro del debate pedagógico contemporáneo.

El profesor que se anuncia como emancipador de las mentes, dicen Jacotot-Rancière, está reproduciendo la misma jerarquía desigual de saberes y poderes; sigue sin renunciar a ubicarse en el escalón superior de las inteligencias, señalando el conocimiento y el método verdaderos, despreciando la inteligencia de los otros.

Lo interesante, a nuestro juicio, de la postura de Rancière es que busca desarticular esa relación político-pedagógica no invirtiéndola sino construyendo otra, con el predominio de la política y la voluntad por sobre el saber sabio. En otra sección, Rancière dice que la comunidad de iguales será una sociedad de artistas, porque los artistas hacen, hablan de lo que hacen, y transforman sus obras en formas de demostrar que la humanidad está en ellos tanto como en otros. Es esta base igualitaria y este “hacer” lo que seduce a Rancière como proto-ordenamiento de los saberes y los poderes.

Rancière construye su texto de una manera extraña. No siempre resulta fácil distinguir quién habla, y eso también lo hace atractivo y desafiante. Rancière teje sus palabras en las frases de Jacotot, a quien llama, a veces él, a veces sus fuentes, el Fundador, el Maestro. Es un monólogo a dos voces, una voz con eco, un texto que habla con el pasado, con la herencia de la revolución de 1789, y con la Francia que sigue a 1968, con las pedagogías progresistas y críticas, con el poder estudiantil y el poder profesoral. Al final de cuentas, como el Telémaco de Fénelon, el libro es una excusa para incitarnos a pensar, a contrastar, a construir un sentido.

Jacotot dijo que la enseñanza universal no iba a triunfar, pero tampoco iba a perecer. No podía hacer escuela, pero seguiría escuchándose. Quiso poner en su epitafio: “Creo que Dios creó el alma humana capaz de enseñarse a sí misma, y sin un maestro”.

La obra de Rancière nos ayuda a pensar en nuestros alumnos como iguales, iguales no porque están inmersos en la misma situación desesperada y sin ley que nos horizontaliza sino porque tienen un lugar de pares en la sociedad más justa que queremos.

“Es cierto que no sabemos si los hombres son iguales. Estamos diciendo que pueden serlo. Esta es nuestra opinión, y estamos tratando, junto con los otros que piensan como nosotros, de verificarlo. Pero sabemos que este pueden serlo es lo que vuelve a la sociedad humana posible”. Jacques Rancière.

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